Caen las gotas, caen y caen, y siguen cayendo; como una interminable lluvia de ideas dentro de mi cabeza. Presumo algo anda mal en el grifo, con el cuerpo aún entumecido me levanto y voy a solucionar el pequeño detalle. No puedo creer que el ruido de la alarma de el reloj no logre despertarme con tanta eficacia como lo hace el sonido que ocasiona un grifo averiado.
Era un sábado en la mañana, aproximadamente las 6:00 am, un día de Agosto. Asome mi vista por la ventana y note el cielo bastante despejado, el suelo con agua empozada por la llovizna de la madrugada; me propuse salir a caminar un momento como quien compra el periódico y algo de pan para el desayuno.
Mientras caminaba notaba que mi cuerpo continuaba entumecido, y mi respiración muy lenta; me senté en una banca del parque muy cerca de la panadería, al momento de sentarme empecé a sonreír, mire las palomas posarse en un poste de alumbrado público y me causaban cierta gracia. Pero mi sonrisa no era precisamente la que está próxima a lo que pudiese ser una carcajada, no, era una sonrisa que venía desde el interior de mi cuerpo, era un estado de felicidad sosegado, por momentos meditabundo pero con una sonrisa.
Me levante y seguí caminando, ahora me causaba cierta gracia el cielo, lo miraba, envidiaba a las aves y a su capacidad de volar. Sentir el aire rodear tu cuerpo y en cierta forma rebosar libertad; porque no existe mayor libertad que la de un ave alzando vuelo.
Llegué a mi casa, y me di cuenta que olvide el pan y el periódico.
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